Precursores del cooperativismo

Se ha venido considerando como precursores del movimiento cooperativo a dos oscuros pensadores del siglo XVII, el holandés P.C. Plockboy y el inglés J. Bellers, quienes, a partir de sus obras «Ensayo sobre un procedimiento para convertir en felices a los pobres de esta nación y de los pueblos, reuniendo cierto número de hombres competentes en una pequeña asociación económica o pequeña república...» (1659) y «Procedimiento para la creación de una asociación de trabajo comprendiendo todas las industrias útiles y la agricultura» (1665), respectivamente, continuaron con la doctrina desarrollada por los reformadores sociales de los siglos XV y XVI. Su aportación a la doctrina cooperativa la podemos resumir en las ideas de ayuda mutua presente en las asociaciones que propugnaban, integración orgánica de las funciones económicas diferentes, estructura democrática defendida y voluntad de supresión de intermediarios

 

Jean-Henri Pestalozzi, quien en 1783 describía una actividad económica basada en la ayuda mutua y en el esfuerzo personal en el trabajo como forma de llegar al bien de la colectividad.

Sin embargo, no podemos obviar el hecho de que si con alguna teoría debemos entroncar el cooperativismo moderno, a nuestro entender, no es otra mas que el socialismo premarxista.

Las corrientes políticas comprendidas en este título deben su nombre a la obra «Utopía» de Tomás Moro. Este pensamiento, en los tiempos en que fue concebido, pudo muy bien reputarse ilusorio e irrealizable a la luz de las circunstancias entonces reinantes. Pero hay algo que asigna su especial condición «utópica» al socialismo de ese nombre, y es que éste se limita a delinear la imagen de un mundo perfecto, sin determinar con precisión los procedimientos que, en la práctica, habrían de materializarlo, a diferencia de lo que posteriormente se ha venido llamando como socialismo científico.

El socialismo utópico basó toda su teoría en el hombre y en el simple deseo de progreso y renovación del mismo, olvidando quizá que el hombre no solamente está movido por sentimientos altruistas sino por intereses materiales profundamente egoístas con los que es necesario contar. Creer, de principio, que ese hombre pudiera ser persuadido de renunciar sin lucha a lo que considera suyo y ama como suyo para formar en cambio un mundo perfecto en beneficio de los demás es lo que imprime el sello de la utopía en el socialismo utópico. Sin embargo, estos primeros socialistas mantenían que bastaba con apelar a aquella naturaleza fundamentalmente propicia del hombre para anular las influencias corruptoras del medio y producir la gran reforma social.

La «Utopía» de Tomás Moro, al tiempo de bautizar a todo este sistema de ideas, es una obra escrita en 1516, cuando Inglaterra afrontaba los conflictos creados por el paso de la economía agraria a la industrial. Fue este esquema sociológico previamente expuesto el que inspiró la crítica y el sueño de Tomás Moro. En todo caso, este autor se adelantó sin lugar a dudas a su tiempo. Hoy, varios siglos más tarde, es meta ideal de la evolución política actual.

El pensamiento del socialismo utópico concentró toda su atención sobre el problema económico-social y su crítica se orientó directamente contra los defectos del capitalismo industrial. Los socialistas premarxistas trataban de evitar la apropiación privada de la plusvalía (beneficio que obtiene el capitalista a costa de la parte del trabajo no pagado al obrero), mediante el recurso a la asociación que permitiría conservar las ventajas del sistema industrial y devolver al trabajador la totalidad del fruto de su trabajo, poniendo con ello fin a la explotación del hombre por el hombre para crear un nuevo orden social basado en la armonía de todos los intereses. Buscaban, en definitiva, la utopía que Tomás Moro se atrevió a imaginar.

Dentro de esta corriente, y como uno de los precursores del llamado cooperativismo moderno, citaremos en primer lugar a Robert Owen (1771-1858), considerado en cierta forma discípulo de Saint-Simon, a partir de cuya teoría las doctrinas cooperativas empiezan a perfilarse con características diferenciadas.

Cuando Owen en 1799 adquiere en New Lanark una fábrica de hilatura de algodón introduce una serie de reformas en la misma destinadas a la mejora de las condiciones de vida y de seguridad de sus obreros. Esta experiencia, concretada en la prohibición de emplear a menores de diez años, reducción de la jordana de trabajo a diez horas, creación de escuelas gratuitas e incluso de viviendas, le llevó a defender lo que llamaría las «aldeas cooperativas». En ellas el trabajo se realizaría colectivamente sirviendo a su vez de regeneración social. Rechazaba el sistema comercial y propugnaba las ventajas de un sistema cooperativo en el que el beneficio de un hombre no conllevaría la pérdida correlativa en otro hombre. Es el momento en que Owen empieza a ampliar su teoría propugnando la meta de una sociedad ideal basada en sus aldeas cooperativas.

En 1813 publica «Nueva visión de la sociedad», obra en la que se descubre su pensamiento tendente a la reforma integral de toda la sociedad. Pocos años después, en 1817, sus ideas empiezan a chocar con la Iglesia por lo que se traslada a Estados Unidos fundado allí «New Harmony» (Indiana) en 1824, concretando así las teorías expuestas en 1821 en su obra «Sistema Social», básica, por otra parte, para entender la experiencia de «New Harmony». El experimento de Owen fracasó rápidamente.

De vuelta a Inglaterra funda sin éxito en 1832 una bolsa de cambio, la «Bray’s Jun Road», para ocuparse en 1833 del sindicalismo obrero fundando una asociación, la «Gran Unión Nacional Moral de las Clases Trabajadoras», que fue el origen de los «Trade Unions», convirtiéndose así en uno de los pilares del naciente movimiento sindical, para terminar finalmente elaborando una religión secularizada y proponiendo nuevas experiencias comunitarias como la de Harmony Hall (Queenwood) en 1839.

Si por algo tenemos que destacar el pensamiento de Owen es básicamente por los conceptos de carácter general, y en concreto, la necesidad de abolir la ganancia inmerecida y la intermediación entre productores y consumidores. No consideró de forma particular a las cooperativas de consumo. Pretendía una solución global. Consideraba que no nos encontrábamos tan sólo ante un problema de distribución sino igualmente de producción y de educación. Además se le ha considerado como precursor de la legislación social y del trabajo, así como de la organización sindical.

Por último, y como aportación a la doctrina cooperativa, cabe destacar las ideas, ulteriormente aceptadas de forma mayoritaria, relacionadas con la asociación voluntaria y democrática, retribución limitada al capital, neutralidad política y religiosa y promoción de la educación. Además fueron muchas las cooperativas fundadas por Owen y William Thompson, entre 1825 y 1835, en donde existía «la bolsa nacional» donde se intercambiaban los productos por medio de «billetes de trabajo», idea que vuelve a resurgir con fuerza en nuestros tiempo; sin olvidar el hecho de que algunos de sus discípulos fundaron la sociedad cooperativa de los Rochdale Pioneers.

Ya hemos indicado anteriormente que Owen fue discípulo del francés Claude Henri, conde de Saint-Simon (1760-1825). Brevemente diremos que este autor predicaba la aplicación práctica de los principios del cristianismo, proclamaba la necesidad de exaltar la fraternidad humana que como incentivo y motor de la actividad social debería reemplazar al afán de lucro. Creía que la propiedad debía ser socializada y el derecho de herencia suprimido; que todos los miembros de la sociedad debían producir «de acuerdo con su capacidad y ser remunerados conforme a sus aptitudes», pero que esa diferencia en las remuneraciones no debía llegar nunca a crear clases económicas ni extremos de riqueza por una parte y de pobreza por otra. Así, el gobierno sería encomendado a los científicos, quienes tienen especial capacidad para estudiar los problemas colectivos y darles una solución adecuada. Sin embargo, no dijo concretamente de qué forma se alcanzarían estos objetivos. Sus discípulos, que hicieron del «saintsimonismo» una especie de religión del trabajo, auspiciaron la abolición total del derecho de propiedad.

Dentro de estos primeros teóricos nos detendremos a continuación en la figura del pensador utopista francés, Charles Fourier (1772-1837).

Para Fourier, el trabajo debería ser en sí mismo agradable y atractivo, además de beneficioso desde el punto de vista económico. Para ello, este verdadero adelantado de la sociología de la empresa, sostenía la tesis de que todo trabajador debería realizar más de una tarea a los efectos de evitar la rutina en el trabajo. En las pequeñas comunidades de Fourier, de hecho, cada trabajador tenía derecho a elegir el trabajo que quisiera de acuerdo a sus necesidades. Las comunidades, para ello, debían cumplir con una serie de requisitos: un número ideal de 1,600 personas, con una determinada cantidad de tierra para explotar, un sistema de educación que permitiera que los niños siguieran naturalmente sus inclinaciones, vida tan en común como las familias quisieran (lo que habilitaba la propiedad privada), etc. Sin embargo, en vida, Fourier nunca recibió apoyo económico para fundar estas comunidades. De hecho, los primeros falansterios, se desarrollaron en Norteamérica, a influjo de Albert Brisbade (1809-1890), quien logra fundar junto a otros discípulos de Fourier algunos de éstos sin mayores éxitos, salvo en los casos en que se basaron más en los desarrollos estrictamente cooperativos.

En este «sistema de falanges o comunidades cooperativas» (los ya citados «falansterios»), la propiedad privada quedaba completamente repartida por medio de acciones. La economía se basaba en la agricultura y el trabajo, descartándose las ocupaciones de filósofos, soldados, intermediarios en la circulación de bienes, etc., que Fourier consideraba «parasitarias». Sin embargo todos los hombres encontrarían una actividad que les complaciera a la hora de la producción. La idea de que el trabajo más grato es más productivo, absolutamente revolucionaria en su época y hoy totalmente asumida por la ya citada sociología de la empresa, constituyó la base de todo su pensamiento.

En 1808 publicó su obra «Theorie des quatre nouvements et des destinées generales. Prospectus et annonce de la decouverte», para doce años más tarde, en 1820, llegar a su obra definitiva «Traité de l’associaciatio domestique agricole o Theorie de l’Unité Universelle».

Es considerado como uno de los padres de la cooperación porque, además de defender la asociación voluntaria y la democracia dentro de los falansterios, es uno de los primeros que reflexionaron sobre la distribución de mercancías. Establece la retribución de los trabajadores en base a la cantidad y calidad del trabajo realizado, mientras que se sale de las normas del cooperativismo moderno al retribuir al capital de forma variable.

De particular importancia consideramos su idea de crear un sistema de garantías a fin de abarcar cuantas necesidades se planteasen en el hombre dentro del falansterio, auténtico precedente de la moderna teoría del Estado social. En suma, cuando la sociedad estuviese organizada en falansterios el hombre abandonaría su lado egoísta al tener todas sus necesidades cubiertas.

Algunos discípulos de Fourier, entre ellos Victor Considerant (1808-1893), sostuvieron el poco éxito de los logros parciales de los falansterios propugnando una trasformación completa de la sociedad. Para ello, y de forma progresiva, fueron distanciándose del cooperativismo en sentido estricto para llegar al socialismo.

Otro de los discípulos de los teóricos ya expuestos, en este caso el doctor William King (1786-1865) —discípulo de Owen—, expuso su teoría en el periódico que el mismo editaba «The cooperator» y del que aparecieron 28 números entre 1828 y 1830. Si bien seguía a Owen en la consideración de la necesidad de la trasformación completa de la sociedad, propugnando la creación de pueblos y aldeas cooperativas, se distancia del mismo en otros muchos puntos. De esta forma, destacó la importancia de las cooperativas de consumo como posible base para la transformación de la sociedad, sosteniendo que la emancipación de la clase obrera debía hacerse por sus propios medios.

Proclamó claramente el principio de la voluntariedad y destacó el importante papel de la educación junto con la tesis de la neutralidad de los cooperadores.

Su idea era organizar el trabajo y liberalizarlo de la dependencia del capital. Para la carencia de capital con que se enfrenta cualquier iniciativa obrera estimaba que tendría que comenzarse con la creación de cooperativas de consumo y con el beneficio ahorrado, en la medida que no se distribuía entre los socios y no retribuyéndose tampoco el capital con interés alguno, se podría reinvertir en la creación de talleres y fábricas que llevasen progresivamente a la cooperación total. Por otro lado, la participación en la cooperativa no proporcionaba ventaja alguna a los socios. Por tanto, la integración en las mismas obedecía a aspectos morales. Para King la cooperativa, en un pensamiento profundamente cristiano, no une a los hombres solamente para la búsqueda de unos intereses materiales sino para cumplir con sus deberes morales.

Al igual que King, el francés Michel Derrion (1802-1850) consideró a las cooperativas de consumo como la única fuerza en manos de los trabajadores. Es considerado como el primero en aplicar el retorno al consumidor en proporción a las operaciones que el mismo haya realizado, si bien solamente lo realiza con una cuarta parte de los beneficios. Las otras tres cuartas partes las distribuía, siguiendo a Fourier, entre los capitalistas de la empresa, personal y obras benéficas.

Los principios fundamentales de las cooperativas de producción hemos de atribuírselos a Buchez (1796-1865), discípulo de Saint-Simon y de quien se separó en 1830, no por razones de doctrina económica, sino por motivos religiosos después de convertirse al catolicismo al estar convencido del valor social del mismo.

Buchez abogó por una república democrática en donde los créditos a las asociaciones obreras serían concedidos por bancos creados por el Estado. En su defecto, tampoco descartó la posibilidad de que una reunión filantrópica, o la propia Iglesia, pudiera aportar los fondos necesarios.

Expuso su proyecto en un artículo publicado en el «Journal des sciences morales et politiques» el 17 de diciembre de 1931, que lambert reproduce íntegramente en su obra reiteradamente citada. El propio Lambert quiso poner de manifiesto la importancia de los principios desarrollados por Buchez señalando ... la correspondencia estrecha que existe entre los principios que establece para las cooperativas autónomas de producción y los principios que establecieron los Pioneros de Rochdale y, más generalmente, los principios de las cooperativas de consumo.

Buchez, por tanto, señaló que los hombres asocian su trabajo, constituyéndose en empresarios, en una asociación de duración ilimitada. El capital social, que iría aumentando cada año con la quinta parte de los beneficios, sería inalienable e indivisible perteneciendo únicamente a la asociación. Serían los propios asociados los que elegirían a sus representantes en una clara manifestación de lo que se entiende por principio de democracia. Los asociados, cuyo número es ilimitado, cobrarían según la costumbre del oficio y en base a su habilidad individual, no pudiéndose emplear a obreros no asociados por tiempo superior a un año. Los beneficios repartibles se distribuirían de acuerdo al trabajo aportado por cada asociado.

En Buchez podemos encontrar claramente identificados los principios de democracia, puerta abierta y retorno a prorrata equivalente a las compras realizadas, todos ellos enunciados trece años más tarde en Rochdale e igualmente considerados, junto con otros, como base de las modernas cooperativas en general y no sólo de las cooperativas de trabajo.

Por otro lado, y en relación al capital social, Buchez lo va a considerar, como ya hemos apuntado, inalienable e indisoluble como forma de garantizar el mejor porvenir de las clases obreras. Lo que Buchez realmente pretendía era impedir que la acumulación de capital provocase una disolución de la cooperativa por parte de los socios. Por lo demás, y siempre en relación con la indivisibilidad del capital, se contemplan los problemas que pudieran ocasionar las bajas de los individuos, cuya salida al igual que la entrada eran efectivamente voluntarias. No concedió especial relevancia a esta situación, a diferencia de lo que ocurre en las actuales sociedades cooperativas, al considerar que la asociación se habría hecho perpetua con la admisión continuada de nuevos socios. Todo ello suscitó importantes críticas basadas en que el capital indisoluble propuesto por Buchez era un principio contrario a las leyes económicas vigentes.

Buchez, bajo estos principios, fundó en 1832 una cooperativa de carpintería, de muy corta duración, para en 1834 crear la denominada «Bijouters en dore», considerada en realidad como la primera cooperativa de producción en Francia.

Señalar, por último, que como ya hemos indicado fue un hombre de fuerte formación católica, atestiguado gracias a su participando en el perió- dico L’Atelier, «órgano de los intereses morales y materiales de la clase obrera». Este órgano, que saldría entre 1840 y 1850, tenía por lema las palabras de San Pablo «el que no trabaja no come». Buchez es considerado por muchos, además de uno de los teóricos de las cooperativas de producción, uno de los fundadores del pensamiento social-cristiano, o socialistacristiano, como se divulgaba en la época.

El siguiente estadio de evolución del pensamiento cooperativo tiene lugar con las ideas asociativas de Louis Blanc (1813-1882). Activista y agitador de masas en la Revolución de 1848 publicó su obra «Organisation du travail» en 1840, esto es, cuatro años antes de Rochdale, donde señalaba que ...la solución al problema social en la actual situación económica debe buscarse en la organización del trabajo por medio de la asociación.

Blanc, que se dirigía a los trabajadores de la gran industria, considera al Estado como el motor principal de la transformación social. Su aportación más importante reside en los llamados «Talleres sociales», a los que sería el propio Estado el que aportaría el capital para su creación. En un primer momento, el Estado redactaría los estatutos de estos talleres y designaría a un director para ser los trabajadores, a partir del primer año, los que elegirían a sus dirigentes a fin de la consecución de una verdadera cooperativa autónoma de producción. La administración de determinadas empresas, ferrocarriles, minas, bancos y seguros, quedaría siempre en manos del Estado.

En los «Talleres sociales» el beneficio, después del descuento de las cantidades a devolver al Estado, se dividía en tres partes. La primera se destinaría a los miembros de la asociación en proporciones iguales, otra se destinaría a labores sociales y la tercera a proporcionar instrumentos de trabajo para los que quisieran formar parte de la asociación. En suma, Blanc desarrolla los principios de retorno, educación y promoción social y puerta abierta. Al capital, por otra parte, se le asigna un interés limitado que podría ser revisado periódicamente y las remuneraciones se graduarían con respecto a las funciones tan sólo en una primera fase pasando posteriormente a ser proporcionales a las necesidades.

A nadie se le escapa que estas teorías se pueden considerar como el origen del proteccionismo público socialdemócrata, y que es básicamente fiscal y financiero en lo que al movimiento cooperativo se refiere y que ya hemos tenido ocasión de defender.

Blanc, como miembro del Gobierno provisional de 1848, tuvo la ocasión de poner en práctica sus ideas creando una serie de «Talleres de trabajo» que solamente tuvieron éxito en sus comienzos.

Blanc presidió una comisión que pretendió una serie de reformas generales y de gran entidad no quedándose tan sólo en la creación de «Talleres sociales». Así, pretendía la formación de colonias agrícolas, la fundación de barrios populares en París y apoyó a los trabajadores mediante la concesión de créditos. Las medidas no fueron apoyadas por la Asamblea viéndose obligado Blanc, acusado de agitador, a exiliarse en Inglaterra.

La última de las referencias de aquellos que inspiraron de una u otra forma el primer cooperativismo, y no por ser la última es la menos importante, debe ser sin lugar a dudas Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865).

Para Proudhon, tanto el Estado como las asociaciones contribuían a limitar la libertad del individuo. En esta ocasión, y frente a otros modelos que hemos ido viendo, la clave era la familia. Sin embargo, el pensamiento de Proudhon ha llegado a nuestros días fundamentalmente por algunos de sus planteamientos más radicales. Baste recordar algunos de sus manifiestos como «La propiedad es un robo» o «Dios es el mal», esta última totalmente contraria al pensamiento que por aquel entonces primaba entre los socialistas utópicos.

Sin embargo, y frente a lo que se pueda pensar en un primer momento, quien analice de forma profunda al autor de la «Filosofía de la Miseria», debe de relativizar estos mensajes y adoptar posturas que hacen de fácil comprensión sus posiciones e incluso hacen que en momentos las veamos como contradictorias: nada resulta más fácil que oponer a un texto de Proudhon otro del propio Proudhon. De hecho, la propiedad privada era admitida por el autor, sólo que criticaba duramente la forma en que era utilizada en la época. A diferencia de otros autores del socialismo utópico, Proudhon era firme partidario del igualitarismo en la sociedad: «La igualdad de las condiciones, he aquí el principio de las sociedades; la solidaridad universal, he aquí la sanción de esta ley», declara en su primer ensayo sobre la propiedad. Para este autor la asociación mutualista se erige como la posible solución de los problemas sociales, en cuyo seno los miembros asociados se garantizarían recíprocamente «servicio por servicio, crédito por crédito, retribución por retribución, seguridad por seguridad, valor por valor, información por información, buena fe por buena fe, verdad por verdad, libertad por libertad, propiedad por propiedad». Su lema: «todos asociados y todos libres» le hizo convertirse en un referente para los movimientos anarquistas de años posteriores.